miércoles, 29 de noviembre de 2017

Boris - Boris at Last -Feedbacker- (2003)


JORGE: Como flores de cerezo en un invierno en el bosque de Aokigahara, que no sé si tiene cerezos, pero creo que no, este Japomés toca a su fin y cierra sus pétalos con una despedida que parece más una introducción, pero mira, es lo que hay. Total, que volvemos por última vez con un grupo extraño, ecléctico, principalmente instrumental, con canciones que ocupan el disco completo, y un nombre que no me queda del todo claro cómo es. Esto es Boris at Last: Feedbacker, de los tokiotas noiserockeros Boris.

ÁLVARO: Esta será una crítica divertida, en la que diseccionaremos lo que es un clásico que hemos dado en llamar... ah, si ya has dicho como se llama. Es que no te leo, por eso a veces repito cosas. En fin, Boris no es solo el tertuliano salidorro de Crónicas Marcianas (bueno, era, que ya ha llovido), o aquel primer ministro ruso con tanto pelazo, si no también una banda, un power trío japonés, que pese a no gozar de la misma fama en su patria que otros de los que aquí hemos reseñado, son quizá los más respetados fuera de sus fronteras. Lo suyo es el drone, un género muy underground en más de un sentido: suena como si viniera del centro de la tierra, como una masa de magma que se desliza lentamente. Pero no es tiempo de ponerse poéticos.

J: APPARENTLY el magma puede alcanzar velocidades de 40 km por hora de manera previa a una erupción, y el tiempo de llegada desde el manto hasta la chimenea volcánica puede rondar apenas 4 horas, pero tampoco es momento de ponernos científicos. Ese rollo underground que comentas se hace notar, en lo que al sonido se refiere, mucho en este disco, que parece una suerte de introducción de tres cuartos de hora a un disco de metal experimental que nunca llega. Pero bueno, tampoco les gusta mucho constreñirse con definiciones de géneros musicales, tengo entendido.

A: Quizá una aseveración dura, la que haces. Como pieza de 43 minutos, me parece un monolito consistente, aunque difícil de tragar por su propia naturaleza. Los primeros minutos son más pesados de lo normal, una cascada de guitarras que amenazan con causar un corrimiento de tierra. Wata, la guitarrista que también aparece en la portada del álbum sobre un charco de sangre porque... sí, supongo (en otras ediciones aparecen los otros dos miembros del grupo, Atsuo y Takeshi), toca nota tras nota de muro de sonido infranqueable. El disco se llama “feedbacker” y desde luego, el feedback lo trae en cantidades industriales.

J: Las guitarras tiene una distorsión y una reverb que probablemente seguirán retumbando por algún lado mucho después de que Wata y Takeshi hayan muerto. Aunque por un instante me gustaría poner el foco en el tercer miembro, Atsuo, que demuestra una pericia a la batería que me resulta apabullante en varios momentos. Que no identifico fácilmente porque estamos en las mismas que con otros discos de este mes: es una sola pieza de 43 minutos dividida en algunas ediciones en 5 partes, pero de manera algo arbitraria, a decir verdad.

A: He de decir que acabo de ponerme esta parte 1, la de las guitarras por doquier, y al terminar ha hecho un crossfade maravilloso a “La Revolución Sexual” de La Casa Azul, que hubiera sido una continuación más que digna al álbum. Lo que realmente recibimos, en cambio, no es menos genial: catorce minutos de una especie de metal doom que avanza adormecido durante la primera mitad. Atsuo, como bien has dicho, brilla con su sutileza también en esta parte, hasta que Wata decide romper con todo nuevamente y hacer su propio “Maggot Brain”, un solo de guitarra funkytime que sería capaz de fundir el casquete polar. Son quizá los mejores momentos del disco, y también sirven como presentación a la voz de Takeshi, que... bueno, es bastante normal. Lo que la hace extraña a su manera.

J: En torno al minuto 12 de esta segunda parte, creo que es (o sea, como a los 20 minutos de empezar el disco) entra por fin la letra, sí, con una voz de Takeshi que ni destaca especialmente ni tampoco me resulta floja, la veo interesante en el conjunto. La letra, que estalla más en la tercera parte (donde estalla TODO: batería, guitarras, voces gritando, distorsión, tempo y cualquier palabra relacionada con la música que se me ocurra) habla de… De… Esto… Bueno, os diré lo que dicen los dos primeros versos y los dos últimos: “Las crisis dejan atrás bellos restos, / ayer apareció en un sueño. [...] Las explosiones de polvo que se unen se convierten en el mundo, / un mundo infinito, / vive hasta la infinidad”. Y entre medias, pues cosas de imágenes que parecen sacadas de una peli de terror japonés, o algo. Cuya banda sonora podría ser la parte 4, por cierto. O no, yo por decir.

A: Ay, pues que vonitos versos. Con v. La parte 4 es básicamente ruido puro, japanoise de denominación de origen. Nueve minutazos también, para bajar la intensidad de la parte 3. Está de más describir lo que es, básicamente ruido de amplificadores y armónicos y cosas desagradables que a alguna gente les mola porque les recuerda al útero, o yo qué sé. Quién soy yo para juzgar, ojalá me gustara a mí esto, lo petaría en los guateques.

J: A ver, no soy yo muy fan del rollo yo tampoco, para qué engañarnos. Me resulta muy logrado, claro, como música ambiental que creo que encajaría perfectamente en ciertas obras (videojuegos, cine y demás) que busquen transmitir ese desasosiego y sensación de… No sé, un tanto alienante. Pero disfrutable, per se, no me parece. Y, en todo caso, prefiero, por ejemplo, el cierre mucho más sosegado con la parte 5, la más breve del disco (3 minutos y medio tan solo), que va poniendo el broche final a todo con unos platillos que se repiten y unas guitarras suaves que se apagan poco a poco sin abandonar la distorsión hasta el final.

A: Sí, el tema final cierra el círculo pareciéndose bastante al inicial. Bueno, los llamo temas pero no son temas, pero se me entiende. En fin, se me ha hecho corta la conversación, y eso que el disco tiene mucha tela que cortar... aunque tampoco se me ocurre nada de lo que hablar. Boris hicieron muchas cosas después de esto, cada una distinta de la anterior, y tal vez Feedbacker no sea la forma inicial de empezar a indagar en su carrera. Heavy Rocks, del año anterior, me parece bastante más asequible, aunque no es tan contundente como esto.

J: Reconozco que es este el único que he escuchado. Indagando un poco, he visto que es el mejor valorado, si bien empezarían a pegarlo más fuerte (sobre todo en Occidente) con discos posteriores, quizás con el Pink en 2005, y especialmente con Smile en 2008. Creo, vaya. Y sí, hay mucha tela que cortar, pero no se me ocurre cómo cortarla, la verdad, porque el disco no es lo bastante variado o conocido como para que alguien que no sabe de música como yo diga cosas más técnicas. No sé si tú querrías añadir algo.

A: Yo quiero decir que Almaia es real. Le pese a quien le pese. Y dicho esto, podemos ir a por las notas porque está todo el pescado vendido. Empieza tú.

J: Yo le voy a poner un 7’5. Hace bien lo que quiere hacer, pero no me gusta lo que quiere hacer. Creo que funciona mejor como acompañamiento sonoro y creador de sensaciones poco agradables que como disco en sí mismo. Still, está ok, I guess.
A: Yo le doy un 6’5 , que es exactamente la misma nota que le dí al Vision Creation Newsun de nuestros admirados Boredoms. Creo que ese disco era más original, pero también que los puntos altos de Feedbacker superan a los de Newsun. Aunque es todo opinión personal. ¿Tú quieres añadir algo más?

J: No mucho, la verdad. Que a ver qué hacemos ahora que el Japomés ha tocado a su fin. Habrá que ir pensando en la siguiente gran celebración. Por lo pronto, nos vemos en el próximo Rockrítico Weekly y en nuestras reseñas conjuntas.

A: A mí me gustaría hablar de algo que no tiene nada que ver, pero lo voy a hacer de todas maneras porque ha quedado corta la crítica. Hace poco se ha estrenado una serie en Movistar que se llama Vergüenza y que viene a emular a los clásicos del cringe comedy como The Office o Curb Your Enthusiasm. Pero algo se ha debido perder en la traducción porque el personaje principal es un cuñado insufrible y casposo sin el menor tipo de encanto, por lo que me gustaría hacer un análisis sobre cómo debería funcionar la vergüenza ajena en la comedia. O no.

J: Mi único contacto con dicha serie ha sido a través de un anuncio en una marquesina que tenía un mensaje, no sé si de manera intencional crítica o de manera acrítica, bastante machista. Tampoco recuerdo el eslogan concreto, así que no entraré en el tema. Pero adelante con tu análisis.

A: Sí, todos los anuncios tienen que ver con cosas así, aunque creo que sí es de forma crítica porque el personaje es el colmo de lo desagradable. Y ese es el problema: la vergüenza ajena funciona exclusivamente si el personaje que la provoca tiene a) humanidad, que haga que exista esa vergüenza (porque si ves a alguien siendo horrible sin un valor positivo alguno no te da vergüenza, te da repulsión: se supone que la vergüenza viene de la identificación con el personaje, me cago en todo ya) y/o b) un personaje que se ría del personaje que provoca la vergüenza. David Brent, por ejemplo, interpretado por Ricky Gervais en The Office (versión británica, claro), comparte cosas con el personaje de Javier Gutiérrez en Vergüenza: se cree un jefe genial que es idolatrado por sus empleados, y hace cagadas similares a las de su “homólogo” español, pero en The Office tenemos a la audiencia representada en Tim (Martin Freeman), que se ríe de él a sus espaldas y aporta la humanidad necesaria al conjunto. Larry David en Curb Your Enthusiasm tiene enormes momentos de vergüenza ajena y gigantescos faux pas, pero el público se puede poner en su piel y ver que, si bien está conducido por su propio egoísmo el 99% de las veces, no tiene maldad ninguna y simplemente entiende las reglas de la sociedad pero no les ve ningún sentido y decide hacer lo que le viene en gana. Lo cual es bastante diferente de los chistes de Vergüenza en plan “le he mirado el canalillo a tu madre” o “sé que sois gays pero uno tiene que ser la mujer para la foto de la boda”. Que son muy españoles, claro que sí. Y bueno, ya está, si quieres dar tu visión aprovecha que me vengo arriba.

J: Nah, no añadiría mucho, la verdad. Me resulta más que interesante el punto a), pues creo que ahí radica parte del éxito de una serie como Rick y Morty (en la última temporada, sobre todo) en algunos momentos, y del éxito de BoJack Horseman de manera casi casi absoluta. En esa identificación con el personaje que hace que los vergonzosos actos que perpetran te lleguen a doler, porque en el fondo son buena gente y quieres que no sean unos capullos. Pero lo son. No sé si pinta mucho aquí esta reflexión, pero quería soltarla, y tal. ¿Algo que añadir? Puedo contar curiosidades cientéficas para cerrar, o algo.

A: Pues claaaaaaro.

J: ¿Alguna vez has oído hablar de los quitones, o poliplacóforos?

A: Ilústrame, oh, sabio.

J: Pues son unos PRECIOSOS moluscos con un caparazón realmente colorido y dividido en ocho placas articuladas, que les permite enrollarse en una bola si están en peligro (cochinillas de mar les llama alguna gente). Lo molón no es eso: lo molón es que en la capa inmediatamente inferior a la superficie del caparazón tienen unos órganos sensoriales sensibles a la luz, llamados aestetos, que pueden agruparse para formar ocelli (ojos simples en invertebrados); algunos quitones tienen millares de ocelli en un solo caparazón lo que significa que pueden ver con, básicamente, toda la parte superior de su cuerpo. Y además, reitero, son bonicos como ellos solos. No me digas que no mola eso. Insertemos foto aquí de este portento evolutivo.



A: Bieeeeen. Entonces creo que puedo vislumbrar cuál será tu frase final. Adelante, compañero.

J: Pues que vivan los poliplacóforos, molusco ya.

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