lunes, 22 de abril de 2013

Zarabanda, Georg Friedrich Händel


Buenos y soleados días, seguidores de Rockrítico. Me presento como Pablo, admirador del tinto, la Historia y, como no, de la música. Hace algunas fechas remotas Spartan George me picó con la idea de participar en el mejor blog de crítica musical que existe y, de paso, en crear una nueva sección. Una sección de... ¿música clásica? Sí, bueno, este blog en principio debía centrarse sólo en el género rock, pero teniendo en cuenta que se han analizado discos de Shakira o Adele... No creo que importe, ¿no? Es decir, la música clásica es el comienzo de todo. De todo lo bueno, por supuesto. El inicio de algo maravilloso y eterno, que abarca una etapa de genios entre los que destacan en primera plana Mozart y Beethoven, pero la lista de grandes compositores y obras que se puede hacer es, como en el rock, enorme. E incluso los compositores más denostados y que pasaron desapercibidos siempre tienen algo digno de mención. También hay que destacar a los diferentes instrumentos, con los que se han creado maravillas en forma de conciertos para solista: violín, violonchelo, piano, trompeta, órgano, clarinete, flauta...


En la sección de música clásica explicaré sin llegar al sopor las obras que cambiaron la historia de la música, los compositores más destacados y su posterior influencia. Todo ello con un lenguaje directo y sencillo, para hacer más fácil el entendimiento del análisis de este género al lector. Y sabiendo que hay que poner una puntuación a cada música que se analiza, advierto que en esta sección todo lo que se analiza es canela en rama, salvo horrendas excepciones que me guardaré para la ocasión. De modo que se catalogarán la obras con tres clases de valoración:

-Excelente: grandes obras clásicas, disfrutables y de enorme calidad, que no han pasado a la historia entre el público más exigente.

-Memorable: piezas de exquisita calidad, inmensas y de gran fama y notoriedad, las que se encuentran mejores de su época.

-Eterna: las joyas de la corona, las que tienen tal sensibilidad que harían humedecer las pupilas de Chuck Norris. Obras maestras que han cambiado la historia de la música, que jamás caerán en el olvido y que, aunque no seas fanático de este género, tienes que escuchar al menos una vez en la vida.

Dicho esto, espero que esta sección cale hondo entre vosotros. Porque entre todo aficionado al rock (servidor) siempre queda tiempo para escuchar una sinfonía o concierto en concreto. Las obras que se analizarán son generalmente conocidas, como aquellas que pueden haber sonado en cualquier BSO de una película, una serie o en un anuncio de televisión... O las que alguna vez en tu vida has tarareado sin razón aparente. Todo lo que aparezca aquí es digno de ser cuidado como oro en paño en la estantería de tu cuarto. Así que lo dicho, espero hacerlo lo mejor posible y contribuir a mejorar y expandir aún más la fama de Rockrítico en los confines del universo. Y agradecer sobremanera a Spartan George y al resto de compañeros de Rockrítico la invitación y la confianza que ha depositado en mí para hacer de esto algo grande. Hoy puedo decir con orgullo que este blog ya es parte de mi vida.

Y una vez concluida la presentación y todo el protocolo, me dispongo a hacer la primera crítica de la nueva sección de música clásica. Es una pieza bien conocida y escuchada hasta la saciedad, y el creador de esta maravilla es ni más ni menos que el genio del periodo Barroco, Georg Friedrich Händel. Porque, y esto que quede claro, si Bach es el maestro de la época, el genio es Händel. Sin discusión. Su música es la única que puede producir sensaciones diferentes conjuntamente con la belleza armónica. Sensaciones de algo mágico y perecedero. Händel destaca por tener en su repertorio un gran número de obras maestras (Música Acuática, Música para los Reales Fuegos de Artificio, oratorios y óperas inmortales, como Rinaldo, Salomón o Judas Macabeo...) y conciertos de gran calidad. El pasaje que vamos a analizar es parte de su suite en Re menos para clavecín, el antecesor del piano. El cuarto y hermoso movimiento de la pieza, cuya belleza no pasó desapercibida para Stanley Kubrick, que la incluyó en la BSO de Barry Lyndon. Con ustedes, la zarabanda más famosa de todos los tiempos.


Zarabanda, de Georg Friedrich Händel

La zarabanda, para que nos entendamos, es una danza con un tiempo lento, señorial, escrita en un compás ternario en el que el segundo y el tercer tiempo van a menudo ligados. Sus orígenes son desconocidos, aunque se cree que pudo nacer en América Central a mediados del siglo XVI. No obstante, de lo que sí se tiene constancia es de que la danza en cuestión no gustó nada en España, y se prohibió (bajo pena de cárcel o de azotes) por su "carácter obsceno y despreciable". Con el paso del tiempo su fama creció, y durante el Barroco se convirtió en complemento tradicional de toda suite.

Del movimiento en cuestión de la crítica se han hecho multitud de versiones: para orquesta, con vientos, con variaciones de ritmo... Qué mejor que escucharla en todo su esplendor con orquesta, vientos y percusión. Y es que, pese a ser una suite para clavecín... entre nosotros, el clave es instrumento que cayó rápidamente en desgracia debido a su imposibilidad de contraste sonoro (no puede subir ni bajar el volumen). De ahí que, en la época posterior, el Clasicismo, con Haydn y Mozart como amos y señores, el piano se asentara definitivamente. Y es por eso que, por muchas versiones de esta zarabanda que escuchéis, en todas el clave es un simple complemento de acompañamiento, sonando de fondo. A veces, incluso se toca con orquesta y se le elimina directamente de la obra. La mejor versión, insisto, la tenéis con orquesta, viento y percusión. Vamos a echarle un vistazo.

La melodía, memorable y fácil de recordar, se repite durante toda la obra. Esto podría ser objeto de monotonía, pero es aquí donde la magia del Barroco hace acto de presencia: lo simple, lo poco espectacular, se convierte en lo más hermoso. Comenzamos con la interpretación de la melodía a cargo de los violines y una rápida contestación de los chelos. El conjunto resuena solemne, omnipotente. La música s ehace cada vez más intensa, hasta que un redoble de timbales introduce un hermoso enfoque: un dúo de chelos pasa a interpretar el tema y, a modo de conversación musical, se contestan con diversas variantes. El sonido del chelo, con un timbre cálido y suave, eriza los pelos. Mientras, el pizzicato (tocar las cuerdas de los instrumentos con los dedos) y el acompañamiento del resto de la orquesta resuena de fondo. Una vez terminan su particular conversación, empieza otra nueva. Recuerdo de nuevo que la melodía siempre es la misma, pero esta vez llega el turno del dúo particular entre la trompeta y la flauta travesera. La primera se centra en el tema, fuerte, estruendosa e imponente, mientras que la segunda trata de poner calma acompañando con un tono más calmado y aterciopelado. Casi están apunto de acabar la "charla", y la percusión vuelve a hacer acto de presencia. Los timbales anuncian el clímax de la obra, y la orquesta vuelve a tomar las riendas de la melodía. A partir de ahora, la percusión estará presente hasta el final, poniendo especial énfasis a la última interpretación del estribillo. La pasión se desata, la orquesta toca a todo pulmón, como si les fuese la vida en ello, las trompetas acompañan desaforadas y, entonces, llega el gran desenlace, con un estruendo que, lejos de hacer daño al oído, deja al oyente con la sensación de haber escuchado algo que no es de este mundo.

Y esto es la zarabanda de Händel. Emotiva, intensa, desgarradora y a la vez extremadamente simple. Una única melodía que, con variaciones y cambios instrumentales puede hacer maravillas armónicas y expresivas. Una obra maestra. Cuando hablamos de Händel, por otra parte, es difícil no encontrarse con obras maestras. Os paso el enlace para que podáis disfrutar de la corta (apenas dura tres minutos y medio) aunque intensa experiencia de escuchar este prodigio del Barroco.

Valoración: MEMORABLE

8 comentarios:

  1. Me he quedado impresionadisima como has comentado la obra ... lo he vivido me ha llegado a mi mas profundas entrañas ... te animo a q sigas haciendolo ... es como leer la musica los q como yo ... no sabemos interptetar el lenguaje de las partituras osea leer e interpretarla en toda su singularidad ...ENHORABUENA

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  2. Señoría, que conste en acta que no es un análisis. Es un descripción.

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  3. Gracias por el aporte, Eduardo, pero en la música clásica ambas cosas vienen a ser prácticamente lo mismo. Lamento no haberlo explicado como es debido en la presentación. Así que, sí, todas las entradas serán de este calibre, salvo alguna excepción. ¡Gracias por comentar!

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  4. Muy buena crítica. Tantos años oyendo esta canción y ahora sé cual es. Sigue así.

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  5. Me ha encantado como has analizado la obra, espero que lo hagas con muchas mas, los que no somos expertos pero nos gusta la música clásica podemos aprender mucho. Fantástico

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  6. Qué maravilla de pieza. Qué cantidad de matices aplicados sobre un mismo motivo. Qué desenlace. Qué artículo, gracias por dejar constancia de esta maravilla en el blog. Creo que hemos hecho un gran fichaje, soy feliz.

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  7. Me ha encantado la descripcion de la pieza. Ahora voy a oirla y volver a er el texto para ir identificando los pasaje. Lo de que Cuk Norris lloraria con esta musica , me a dejado estupefacto. SALOMON

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  8. Oida. Tine s razon Desgarradora. La he oido muchas veces sin saber que era Zarabanda. Muy bine
    Sigue asi Pablo..
    Salomon

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