miércoles, 6 de septiembre de 2017

Alice in Chains - Dirt (1992)


JORGE: Una semana más hemos salido de nuestro agujero para no perder el alma. Una semana llena de cosas que hacer, creo, o tal vez no, pero que en cualquier caso viene intensa, visceral, noventera y, para qué engañarnos, oscura y deprimente. Y es que no podría ser de otra manera cuando os traemos el disco más archiconocido de una de las bandas más emblemáticas de los 90, que Álvaro y yo estábamos convencidos de haberos reseñado ya tiempo ha: esto es Dirt, de Alice in Chains, y nosotros somos los Rockrítico, o algo.

ÁLVARO: Sí, estoy de acuerdo. Con todo. Este Dirt es una de las grandes obras del grunge, aunque Alice in Chains es quizá la banda de los Big 4 (Soundgarden, Pearl Jam, Nirvana y ellos) que menos concuerda con ese género. Con un pasado en el glam y el metal, se les metió un poco en el saco para aprovechar el impulso que habían dado al grunge Ten y Nevermind. Al año siguiente de esos dos clásicos salió Dirt, que sin duda no tiene nada que envidiarles. Son cincuenta minutos pesados y dolorosos, pero que merecen la pena. La voz de Layne Staley, el increíble trabajo de guitarras de Jerry Cantrell, y esas letras que sí, son la agonía pura. Agonía causada por el jaco.

J: Una droga que aparece de manera expresa en algunos temas, aunque no adelantaremos acontecimientos; también la depresión de Staley es un factor que brilla en cada verso y cada aullido. En cualquier caso, los dos nombres que mentas son sin duda los que dominan por completo el disco, en la composición y en las letras (Cantrell en la composición de casi todo y media docena de letras, y Staley en las letras restantes), aunque el trabajo de Mike Starr y Sean Kinney al bajo y batería sean una presencia importante. Cada elemento aporta un grano imprescindible al ambiente tan denso de esa casi hora de música que, sin duda, exige mucho por parte del oyente. Al que no defrauda, claro.

A: No sé si es posible no adelantar acontecimientos porque la heroína domina el álbum, prácticamente, por lo menos la parte central (de “Junkhead” a “Angry Chair”). Pero bueno, la canción que da inicio, ese cóctel molotov de gritos desaforados y compases de 7/8 llamado “Them Bones”, no tiene nada que ver. Aunque no es alegre de ninguna manera: va de como todo el mundo la palma. Y viendo cómo vivían la vida, todo parecía que algunos de los integrantes de Alice in Chains iban morir antes de lo previsto (y así fue). No hay muchos temas que se desvíen de esa fórmula tan perturbadora, pero alguno hay, como “Rooster”, esa extensa épica que habla de las experiencias del padre de Cantrell en el Vietnam, y que al parecer tanto emocionó a Cantrell, Sr. Para mí sin duda es uno de los momentos álgidos del álbum, con esas fantasmales armonías de Staley y Cantrell que son sin duda el sonido que más se asocia a los AiC.

J: Estoy por completo de acuerdo, aunque matizaría que la presencia de la muerte también está, más sutilmente quizá, en “Rooster”, utilizando ese gallo como simbolismo. Curiosamente, el que parece más obsesionado con la cuestión es Cantrell, que la utiliza en las dos ya mentadas y en otros temas como el oscuro “Down in a Hole”... a pesar de que quien la palmó por excesiva heroinización encocada fue Staley. Que tampoco se queda atrás a la hora de hablar de la Parca: “Rain When I Die”, mi tema favorito de todo el disco, probablemente, no tengo claro si es una canción de desamor o una invocación a la muerte, o ambas en una sola, pero en cualquier caso deja también clarividente que los ánimos no andaban muy elevados.

A: “Rain When I Die” es fantástica, y las guitarras de Cantrell usan tanto wah-wah que hasta Kirk Hammett probablemente pensó que era demasiado. No necesariamente sobre la muerte, pero igual de violenta es “Dam That River”, que cuentan que trata sobre como Jerry Cantrell le reventó una silla en la cabeza a Sean Kinney, porque en el rock and roll a veces hace falta hacer ese tipo de cosas. Otros aseguran que va sobre un prolífico asesino en serie. ¿Quién tiene razón? ¿Acaso importa? Probablemente no. La intervención de Staley en el tema lírico es más intensa en los temas que van, como no, del consumo de estupefacientes. “Sickman” va de alguien totalmente consumido por las drogas, con esa parte en ritmo de vals quizá representando a este cadáver andante deambulando por ahí. Todo lo contrario es “Junkhead”, que es prácticamente apología del uso de la heroína, lo que contrasta con la visión mucho más desalentadora de otros temas como “Godsmack”, con un sonido un poco más en la onda de Nirvana y que dio nombre a una banda de nu metal que arruinó el género (junto con muchas otras).

J: Ya estamos ganándonos enemigos. O no, el odio une a la gente. En cualquier caso, sí que hay una dualidad entre el ver las drogas como algo horrible, y el cantar a ellas como si no hubiera mayor paraíso. También hay sillas. Sillas reventadas en cosas. O sillas que definen malos viajes con el jaco, porque “Angry Chair” no tengo muy claro de qué va. Y ya van varias veces que decimos eso, pero es que, ciertamente, lo oscuro de los temas no está solo en lo que transmiten, sino en cómo lo hacen. Eso no evita que las letras sean una pasada; el tema homónimo, “Dirt”, por ejemplo, se abre con unos versos que creo definen muy bien la actitud de Staley y Cantrell en este disco: “I have never felt such frustration or lack of self control, / I want you to kill me, / and dig me under. / I wanna live no more”. Y sigue con un “One who doesn't care is one who shouldn't be” que igual va dirigido a mí, porque no me importa mucho saber lo que están diciendo, pero lo disfruto igual. También porque Staley lo canta de manera increíble, claro.

A: Staley es un cantante infravalorado (y quizá sobrevalorado por algunos, pero eso no lo digo en voz alta, sólo entre paréntesis). Su emoción sin duda convierte a alguna de estas canciones en mágicas, a veces sólo con un par de berridos en su sitio. Pero para berridos, Tom Araya. Que por cierto, “canta” en la tontada de “Iron Gland”, una especie de jocoso atraco a Black Sabbath que representa algo, seguramente, pero que nadie sabe lo que es.

J: No aparece en los créditos del álbum, siquiera (o sea, Tom Araya sí está mentado, la “canción” de apenas 45 segundos no), pero sí, algo pintará ahí. Comparto 100% lo de Staley, que cada vez que re-escucho este trabajo me sorprende con su poderío vocal. Tanto, que a veces, especialmente con esa forma de cantar tan nasal que quizás llegue al apogeo en el puente de “Hate to Feel”, me parece estar escuchando a dos cantantes distintos. Aparte de eso, la unidad que transmite el álbum es digna de admiración, aunque también le pasa, para mi gusto, un pelín de factura en cuanto a cierta uniformidad de sonido. En todo caso, y dado que creo que es un disco que es mejor escuchar del tirón y en el momento, buscando que te absorba, no lo veo un verdadero problema.

A: Igual son dos cantantes distintos. Cantrell y Staley cantan más o menos parecido, al fin y al cabo, y en más de una ocasión es Cantrell el que lleva, valga la redundancia, la voz cantante. En cualquier caso, son los dos excelentes, así que todos salimos ganando. Para acabar, después de la agobiante “Down in a Hole” (o no, dependiendo de la edición del disco), llega quizá el tema cumbre, “Would?”, que salió meses antes del disco como parte de una banda sonora, y que es una especie de carta a Andrew Wood, líder de Mother Love Bone, que también falleció debido a causas que a estas alturas de la crítica deberían resultar obvias. La canción es fabulosa, de nuevo gracias a la cohesión del grupo y a su habilidad técnica, y de nuevo parece adoptar una postura que si bien no es “pro-drogas”, es algo así como “no juzgues lo que hacemos si no has estado en nuestro lugar”. O quizá me equivoque. Es uno de los puntos que más han criticado otros periodistas. Y con otros me refiero a que nosotros también somos periodistas. ¿Somos periodistas?

J: Yo tengo un título que dice que sí, pero viendo que siempre he asumido que Staley era el cantante omnipresente poniendo voces, en lugar de comprobar si eran él y Cantrell poniendo una sola voz, pues no me ha servido de mucho. Pero vamos, que estoy de acuerdo, y que no tengo mucho más que añadir, y que no me gusta la droja porque es una sustancia alienante que aleja a la clase obrera de necesaria revolución. Ya está, ya lo he dicho. ¿Algo que añadir?

A: La droga es el opio del pueblo.

J: Dijo Mafalda. Que también dijo, me comentan por el pinganillo, que es la hora de poner notas.

A: Ay sí. Pues yo le pongo un 24 sobre 30, es decir, un 3096 sobre 3870, que queda mucho mejor. Pero vamos, un 8. El álbum se hace ligerísimamente pesado para cuando llega la suite del caballo de Layne Staley, cosa que solo puede ser algo peor en las ediciones del álbum en las que no está Down in a Hole en la duodécima posición. En esas ediciones serían un 23,9 sobre 30. Una terrible, terrible nota.

J: Más terrible, sin duda, que la mía, que es un algo superior 8’5. En cualquier caso, no tan terrible como la clase de gente que comenta en los vídeos con el álbum en Youtube, que me dan ganas de suspender a Alice in Chains de la vida con sus llantos de “ya no se hace música como antes mimimimi”, “soy del ‘97 pero me gusta AiC, no como a la gente de mi edad que da asco jojojojo” y demás gilipolleces egocéntricas.

A: Siempre acabamos metiéndonos con esa pobre gente. Pero déjales, hombre, que ya tienen suficiente con lo suyo. Viviendo anclados en el pasado, con ídolos muertos. Es el castigo que merecen.

J: Yo les dejaría si dejaran en paz a la gente. Es que parece que les cuesta distinguir entre “me gusta más la música que se hacía antes” y “la música que se hace ahora da asco y todos los que la escucháis también”. Ojalá atravesarles el esternón con una cuerda de guitarra. Fabricada ahora, claro está.

A: Parece que esta discusión puede dar para largo. Pero no sé si es el momento, hemos reseñado un disco de rock. Puede que nos lean algunos de esos individuos de la sociedad humanoide. No querrás enfadarles, ¿no?

J: Que vengan. Todos juntos. QUE LES REVIENTO.

A: Dicho esto, ¿te gustaría cerrar la crítica de alguna manera espectacular?

J: ¿Puedo hacer apología de algo terrible?

A: ¿Cuándo te he censurado yo a ti?

J: Ciertamente. En tal caso, viva [CENSURADO], cojones ya.

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