
Ha pasado una semana desde que subí mi primera entrada a este blog y no ha tardado mucho tiempo en llamar a mi puerta la necesidad de publicar otra vez. Si os gustó la Zarabanda de Händel, hoy tenemos ante nosotros una obra que habréis tarareado, escuchado y fantaseado hasta en la sopa. Es lo que tiene la música de Mozart, el compositor más grande (en mi humilde opinión) de todos los tiempos. Junto a Hadyn, se convirtió en el gran exponente del Clasicismo, el periodo musical que sucedió al Barroco, donde la inventiva y la elegancia se daban la mano. Genio y figura, con más de 600 obras escritas en una vida demasiado corta (35 años), ha dejado un legado musical difícilmente superable, y muchas de sus piezas han cambiado por completo la historia de la música. Me estoy reservando para hacer un análisis de su inmortal Réquiem, pero tranquilos, que todo llegará. Algo de tal calibre se merece la mejor crítica y descripción posibles, y eso requiere un tiempo que mi doble grado no me permite. Mientras tanto, nos podemos deleitar con su Pequeña Serenata Nocturna o Serenata nº 13, obra que, si bien no ha marcado un punto de inflexión en el Clasicismo, sí que ha alcanzado una notable fama y singularidad y se ha convertido en una de las famosas de Mozart, sin estar ni mucho menos entre las mejores de su repertorio, gracias al inmortal estribillo de su primer movimiento. Vamos a echarle un vistazo.