lunes, 19 de enero de 2015

El Danubio azul, op. 314, Johann Strauss II



En la sección de música clásica del blog estaba cantado que esto iba a aparecer algún día. Y más por estas fechas fresquitas que invitan a escuchar valses que evocan a temperaturas más heladas que el culo de un pingüino. Si habéis ido en vuestra vida a algún concierto clásico, es probable que la hayáis escuchado; si algún día de Año Nuevo habéis tenido la valentía de levantaros a una hora temprana y posteriormente habéis sintonizado TVE, también.

Y es que el Danubio azul es el vals por excelencia, el más bailable, el más pegadizo, el más utilizado hasta la saciedad en películas, sketches, series y lo que se precie. Algo que está muy justificado, ya que como pieza musical es la caña... también es pomposa, sí, pero en este caso su pomposidad es extremadamente disfrutable, eh. ¿Si no, cómo se explica que no os la podáis quitar de la cabeza cada vez la escucháis?


Escrita en el lejano 1867 por el austriaco Johann Strauss hijo (a Johann Strauss padre se le conoce por la famosísima Marcha Radetzky... y poco más), la melodía vino de perlas para levantar la moral de una nación deprimida y pocha después de que los prusianos dejasen en calzoncillos a los otrora superiores ejércitos del Imperio Austro-húngaro en la Guerra de las Siete Semanas del año anterior. Empezó a interpretarse por todo el país y pronto la partitura fue importada a otros países, contando incluso con su propia letra y respectivas traducciones. Letra, por cierto, que seguramente no habrás escuchado o de la que no tenías conocimiento... bueno, pues esta cosa tiene letra, utilizada básicamente para ensalzar la belleza del Danubio y tal. Pero ya os digo que la música por sí sola lo hace mucho mejor.

Strauss hijo, en cuestión de compositor de valses, no tiene rival, eso está claro. Aunque yo personalmente disfruto ligeramente más otras obras del vienés (Trisch Trasch, El Murciélago) la fama de el Danubio azul está impresa en la calidad que atesora, que no es poca, y que se asienta en una estructura sencilla y fácil de recordar, unida a un estribillo maravilloso y a un uso de la orquesta muy inteligente a la hora de interpretar la melodía.

Danubio azul completo


Por destacar algo de primeras, fijaos en ese trémolo (pasar el arco a velocidad alta interpretando la misma nota) del principio. Como adalid de lo apacible, no puede tener mejor comienzo, mientras las flautas y las trompas interpretan lo que podríamos calificar como preludio de la melodía, que va en crescendo hasta meter percusión para que el oyente empiece a darse cuenta de que lo que está escuchando no es el típico baile monoestructural y vacío. Aquí hay mucha tela que cortar. La cuerda, por su parte, recoge el testigo para llamar la atención con diversas melodías gráciles, alegres y confortables, que acaban desembocando (haciéndose algo de rogar, parece que le da vergüenza sonar de lo bueno que es) en ese estribillo inolvidable que a mí, como amante del cine, me hace pensar mucho en la obra maestra de Kubrick, 2001: Una odisea en el espacio. Ese bendito plano donde música y universo se hacen uno... bah, bueno, vale ya, que me emociono y me vuelvo pedante.

La clave del estribillo de marras no es otra que la genialidad de Strauss para componer, que no era poca. Aquí, el hombre alcanzó el cenit de su inspiración, y me estoy quedando corto, porque sabe utilizar todas las variaciones, repeticiones, respuestas entre instrumentos (las cuerdas van jugando a ese extraño y fantástico recurso a lo largo de toda la obra, gracias a los violines y al acompañamiento), armonías y uso de intensidades mayores o menores de la forma más perfecta imaginable. Y sí, es cierto, el estribillo se repite hasta la saciedad, bailarlo en nuestra época podría sonrojarnos en buena medida y sobre el papel podría parecer repetitivo en exceso... pero la magia de la buena música tiene la capacidad de hacer que el oyente se ensimisme ante lo bello. Esto es arte, señores, arte con mayúsculas, y a decir verdad no me importaría que se diesen conciertos de Año Nuevo todos los días sólo para poder escuchar estas notas. Hazme un hijo, Johann.

Entrando en el tema de las variaciones, que son una constante a pesar de no cambiar la estructura básica de la obra, Strauss es capaz de cambiar las tonalidades a su antojo, proponer temas seminuevos (ya que "beben" del estribillo) y, uniéndolo todo, crear un trabajo inmaculado. Pícaros vientos, justa percusión, indescriptibles cuerdas... todos los elementos funcionan como un reloj con pilas nuevas, y tienes las feliz sensación de que a Danubio azul no le sobra ni le falta absolutamente nada.


Y eso que ya hemos escuchado a estas alturas el tema principal unas cuantas veces y que al acompañamiento ya se le caen los brazos (mención especial para violas y chelos) después de llevar como cinco minutos ininterrumpidos repitiendo el mismo esquema: silencio, negra, negra. Incluso cuando la obra llega a su punto álgido a la mitad, con un unos violines principales desatados en la que es quizás la variación más alegre de la pieza. Unos agudos muy sentidos, una explosión de júbilo en el momento en el que el baile alcanza su máxima expresión y la diversión, que sigue sin decaer. El ser humano es extraordinario, cómo diría el abuelo de aquel anuncio de Aquarius.

Variaciones impolutas por aquí y por allá, y ahora le toca el turno a la percusión. Madre mía, qué espectáculo, ¿se le están cayendo ya las lágrimas al sentido espectador? Porque a mí sí. Mucho. Pero ya es hora de volver al estribillo inicial, que la gente ya echaba mucho de menos. Con un último experimento con la melodía de las cuerdas, regresa a nuestros oídos el tema A de esta joya, que Strauss quiere redondear mediante un cambio de última hora: cuando parece que vamos a escuchar la melodía completa sin retocar, un abrupto silencio inicia una de las despedidas más memorables de la historia de la música: flautas, trompetas y cuerdas se reparten la música en una tranquila transición. Parece que esto va a acabar de forma sosegada y sin sobresaltos, pero de repente, el ritmo sube, las semicorcheas se suceden a velocidad imparable, y al amparo del tamborilero y de golpes secos, rotundos y conclusivos, el vals del caudaloso y admirado río europeo llega a su fin.

Yo... creo que con esto está todo dicho. Escuchadlo cuando estéis de bajón (a ser posible la versión de la genial Filarmónica de Viena... ¿quiénes lo interpretarían mejor?), reíos todo lo que queráis de sus modos cortesanos y saboread cada nota... porque al final, lo único malo que le veo yo a Danubio azul es que se acaba. En fin, disfrutad de estas vistas desde la nave, que yo me voy a hablar con HAL sobre existencialismo y cosas nazis. Se le ve buena gente y su expresión irradia confianza. 

¡Nos leemos!




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