miércoles, 25 de septiembre de 2013

L'Arlesiénne, Suite nº 2, Georges Bizet




El veranó terminó, el estudio comenzó y la vida se volvió pedante y soporífera. Pero el calor no cesa, eh. Tenemos unos "agradables" 30 ºC en la capital y la brisa brilla por su ausencia. Y en este completo estado de cuasi locura, ¿qué mejor que traer el análisis de una obra tan loca como genial? 

El señor barbudo y con anteojos que veis en la foto es Georges Bizet (1838-1875), un hombre que en su corta vida halló el éxito en la música tarde y mal gracias a su genial ópera Carmen. Y gracias tuvo que dar. Su legado como músico romántico no puede considerarse muy bueno, pues no creó escuela ni tuvo discípulos a su cargo. A lo largo de su trayectoria siempre se le consideró como una gran promesa que nunca encontraría la senda del triunfo, y muchas de sus obras cayeron en saco roto. Una de ellas fue una pareja de suites de música incidental (hecha para acompañar una obra teatral) de la obra L'Arlésienne (La chica de Arlés en castellanoparlante), del escritor francés Alphonse Daudet. Fue una obra tardía y, al igual que casi todo el resto de su repertorio, olvidada y poco valorada. Y lo cierto es que, sacando conclusiones, no es una música demasiado sorprendente y novedosa. Está hecha puramente para el acompañamiento teatral, como podremos ir observando a lo largo de la reseña. No obstante, sí que podemos encontrar en ella ese talento escondido y tan poco reconocido del compositor parisino, con pasajes cautivadores y muy bellos, aunque lejos de la grandeza de otras obras de su tiempo. Y teniendo que elegir entre las dos suites a la hora de publicar, he escogido la segunda. ¿Por qué? Vamos a averiguarlo.

La suite está compuesta por cuatro movimientos de carácter bien diferente. 


A pesar de ser un pasaje destinado a la tranquilidad y el sosiego, empieza fuerte, con vientos imponiendo la ley y las cuerdas llevando una melodía agradable y bien estructurada, para que luego el dulce sonido de la flauta repita este estribillo. Y a partir de aquí es cuando vamos a ver la obra con peores ojos. Comienza un diálogo algo forzado entre viento-maderas (flauta, fagot, oboes) que vuelve a llevarnos al estribillo estruendoso del comienzo, ese comienzo que de momento es lo que verdaderamente merece la pena del conjunto. Lástima. Una serie de variaciones anuncian tema nuevo. Percusión, golpes al aire y una melodía de flauta en la lejanía que mejora a medida que avanza, después de habernos acostumbrado al golpeteo en el acompañamiento. Y mientas, la cuerda, harta de jugar como peón acompañante, acaba interpretando la melodía con el solista. El pasaje se dispone a terminar y una pequeña intersección (muy bien llevada, por cierto) precede al gran final. ¿La sorpresa? Ninguna. Nos encontramos con la buena melodía inicial que muere en una conclusión con matices ligeramente distintos de los de la primera vez. 


Si la Pastorale tenía pocos alicientes, el Intermezzo sube bastante el listón. Al igual que la Pastorale, su tiempo es tranquilo y sin prisas. Los primeros compases ofrecen el estribillo principal alternando espacios donde los metales interpretan un solo realmente bueno para, acto seguido, escuchar un solo de violín que pone los pelos de punta. Brillante y de lo mejor de la obra. Al solo van uniéndose diferentes instrumentos hasta que toda la orquesta lo interpreta en un alarde de talento por parte de Bizet. La tensión y la expresión alcanzan su cenit en un movimiento que, en teoría, nunca ofrece nada a destacar al considerarse un intermedio entre dos grandes partes. Tras otro pasaje de solo violinístico, las cuerdas toman el total protagonismo y llevan la obra hasta límites melancólicos insospechados. Se acerca el final del Intermezzo. Los últimos compases, precedidos por una breve intervención de los metales, llevan el final de esta desgarradora melodía a su máxima intensidad, dejándonos con una sensación muy grata y con ganas de más.



El Minuet empieza mejor que bien, con el arpa acompañando a la flauta travesera interpretando un bello paraje, muy meloso y relajante, y que más tarde repetirá el oboe. Al igual que los dos movimientos anteriores, el tiempo es bastante lento (¿tanta tranquilidad es normal?). Todo marcha a la perfección hasta la entrada de la orquesta. Puede parecer irónico, porque tendría que ser al revés, pero el efecto que se logra es el de haber perdido fuelle. Bizet introduce variaciones que al principio quizás agradan, pero a la larga pueden hacerse repetitivas y algo molestas. Nada que no pueda arreglar la auténtica desatascadora de problemas de esta suite, la flauta, que vuelve acompañada del fagot en otro solo mágico y cautivador que cierra el movimiento. Y ahora atentos, que nos vamos a animar de lo lindo.


Se acabó la tranquilidad, lechugas. ¡Ya está bien! Imitando a la farándula (baile provenzal movidito), el tiempo de la obra en su última parte se dispara a lo bestia. Hay dos melodías (ambas fácilmente recordables y alegres) claramente diferenciadas en este movimiento: la inicial y más importante (con unísono de toda la orquesta) y la secundaria, donde el protagonismo recae, una vez más, en la flauta. Bizet se desata en este último movimiento, con una destreza magistral en el uso del canon (imitación entre dos o más voces por un intervalo temporal) y consiguiendo unir ambas melodías al mismo tiempo, dando como resultado, por increíble que parezca, un conjunto majestuoso e impresionante donde la obra alcanza el clímax. Variada, técnicamente insuperable y de gran dificultad, la Farandole se convierte en el broche de oro a una obra con altibajos, pero en conjunto magnífica.


Y hasta aquí la Suite nº 2 de L'Arlésienne. Llegados a este punto, pocas dudas hay del por qué esta obra ha llegado hoy a Rockrítico. A pesar de un tiempo generalmente lento y que algunos pasajes necesiten un lavado de cara, es una pieza llena de virtudes, con grandes momentos, maravillosos solos (gracias otra vez, doña flauta travesera) y un final inmenso. Y dado que lo más fácil en este caso habría sido analizar cualquier paraje de Carmen (o la ópera entera, ya puestos), creo que es un gran momento para hacer justicia a un hombre que vivió con el fracaso llamando a su puerta hasta el último momento (falleció de un ataque al corazón justo antes de que Carmen se convirtiera en un éxito rompedor) y que, a pesar de su poco reconocimiento, poseía un talento a prueba de bombas que, por desgracia, no pudo demostrar en vida. 


Valoración: EXCELENTE

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